Después de deshacer la dimensión alterna; Ana, Tania, Epona, Rodrigo y Atenea atendieron a los supervivientes del ataque de Surtr. Lamentablemente muchos murieron, y otros quedaron malheridos por quemaduras, o porque escombros los aplastaron. Los locales culparon a la guerra en el norte, otros creían que era un ataque divino causado por la cercanía al año 1000.
Rodrigo sentía asco. Ciertamente había visto guerras y muerte, su propio pueblo. Pero esta vez había sido un dios directamente quien había causado esta masacre entre humanos. Por primera vez, sintió culpa por los soldados que había asesinado en su ataque de ira.
Epona ayudaba a los niños a rezar y trataba de animarlos cantando; ella no entendía lo que le decían, pero con señas era suficiente para darse a entender. Con algunas flores, hizo una corona y se la puso a un niño que había dejado de llorar.
Rodrigo no podía dejar de verla, estaba fascinado con esa faceta materna de la diosa de los caballos. Había algo de maravilloso en su dualidad de carácter, en momentos parecía una campesina borracha y en otros una mujer dulce y cariñosa.
Ana, por otro lado, estaba atendiendo a los heridos, poniendo siempre una sonrisa. Ella se había puesto como escudo para salvar la vida de Rodrigo, y éste no podía olvidar la cara de la diosa sonriéndole mientras sus entrañas eran aplastadas por el gigante.
—¿Por qué Ana estaba dispuesta a morir por mí? ¿Qué tengo yo de especial?— no lo comprendía Rodrigo.
También había escuchado al gigante llamarla: ‘Morrigan’, pero ella parecía que odiaba ese nombre. Rodrigo deseaba conocer todo sobre ella y ayudarla en como pudiera.
Tania se mostró excesivamente diligente esa noche. Organizaba cuadrillas de rescate, levantaba piedras, sacaba personas de los escombros. Ana estaba preocupada que no durmiese porque estaría muy agotada al día siguiente, pero ella continuaba trabajando, como si todo esto hubiera sido su culpa.
Era impresionante como alguien que no era capaz de hablar la lengua nativa de esas personas pudiera organizarlos. Los dotes de liderazgo de la diosa eran impresionantes.
Finalmente, todos pudieron descansar en un campamento improvisado.
Rodrigo y Ana durmieron en la misma tienda de campaña, la cual estaba junto a otras tantas frente a una fogata para entrar en calor. La diosa solo tocó su manta y quedó completamente dormida, ya que había gastado bastante energía por ese combate y por auxiliar a la gente.
Mientras tanto, Tania pasó en vela junto a Atenea, que se quedó en las afueras bebiendo un poco de hidromiel. Las diosas no se dirigieron la palabra, solo veían como el cielo se teñía de rojo por el amanecer en silencio.
Epona, por su parte, durmió con los niños que se quedaron huérfanos esa noche como toda una diosa madre.
El sonido de las aves despertó a Rodrigo en la mañana. Estaba tan cansado que no pudo despertarse temprano como siempre.
Para la sorpresa del muchacho, Ana se había desplazado dormida hasta donde estaba él y lo tenía abrazado. Los nervios se apoderaron del joven al sentir que los dos no debían compartir la misma cama al mismo tiempo. Pensó, en ese momento nuevamente, en Ana intentando sacrificar su vida junto a él.
—No volverá a pasar— pensó. —La próxima vez, seré yo quien la proteja—
Las aves seguían cantando más y más fuerte, cosa que Rodrigo sintió como si éstas le estuvieran hablando. Se separó de entre los brazos de Ana y se levantó a ver.
Afuera de la tienda de tela, estaban varias personas durmiendo afuera y la fogata ya se había apagado. Había un frío espantoso y las luces del sol aún no aparecían, por lo que el cielo estaba aún oscuro.
En eso, vio a dos aves junto a un árbol seco que estaba enfrente, los animalitos tenían dos cosas brillantes atadas en sus cuerpos.
Rodrigo se acercó a ellas y éstas no huyeron, parecía como si siguieran llamándole. Un ave tenía atada una piedra con el garabato de una mujer con una media luna y un vestido en forma de triángulo; la otra tenía atado un símbolo de tres espirales.
Cuando Rodrigo los tomó, las aves partieron volando.
En ese momento Rodrigo lo entendió, eran los totemas de Tania y Ana. Anpiel los había enviado usando las aves, aunque en dichos totemas había sangre aun ligeramente fresca.
¿Qué habría pasado con el ángel? El joven temió por lo peor.
Tania, qué seguía despierta y había ignorado a las aves, saludó a Rodrigo.
Éste le gritó inmediatamente: —Tania, mira, ¿es esto un totema?—
Tania se levantó de salto y vio la piedra con el garabato de la chica del vestido; la tomó y la empezó a apretar con fuerza mientras lágrimas salían de su rostro.
—¡Mi totema, es mi totema!— decía.
—Tiene sangre… Anpiel— Tania puso la piedra en su pecho y cerró sus ojos.
Rodrigo se acercó a Tania y le puso su mano en su hombro.
—Su sacrificio no será en vano— dijo entonces. Tania asintió.
Ana, quién aún estaba dormida y roncando felizmente, fue despertada violentamente con una patada por Tania.
—Despiértate, cara de cuervo, ¡mira esto!— gritó la diosa mientras la pateaba.
Ana despertó toda espantada, pero su cara cambió cuando Tania le puso su totema frente de su cara. Un semblante de emoción se dibujó en su rostro.
—Gracias, Anpiel. Sabía que lo lograrías— dijo emocionada.
Ana también notó la sangre en su totema, lo cual hizo que su semblante cambiara de alegría a enojo.
—Tania, yo voy a matar a Anat, ¿Me oyes? Aunque decidas ser mi enemiga, yo la mataré— dijo furiosa Ana.
Tania negó con la cabeza.
—No, Ana; ya tomé mi decisión. La sangre de Anpiel me hizo tomar esta decisión. Yo también me uniré al grupo de Atenea— dijo enojada.
Ana sonrió entonces. Finalmente, los cuatro estarían juntos.
Las dos diosas fueron a despertar a Epona quien estaba aun profundamente dormida abrazando a varios niños. La despertaron mientras le ponían los totemas en su cara.
—No puedo creerlo que ese inútil lo log…— dijo la diosa de los equinos cuando notó la sangre.
—¿Está él bien?— preguntó Epona.
—No lo sabemos— respondió Tania.
—Si lo está, debe seguir en Lel y hay que rescatarlo— dijo Ana.
Los niños despertaron. Aunque Epona no entendía lo que decían, les expresó de la mejor manera como pudo que le dieran un poco de privacidad porque tenía asuntos importantes que discutir.
Las tres diosas se quedaron solas dentro de la tienda y tomaron asiento en el suelo.
—¿Y qué hacemos ahora? ¿Vamos a luchar contra Loki?, o Tania ¿no sé…?— preguntó Epona.
—Me he unido a ustedes también— dijo Tania.
—Oh, vaya; ahora sí las tres hemos desertado a Lel— respondió Epona.
—No hay razón para luchar contra Loki en estos momentos, tenemos que saber sobre el paradero de Anpiel— dijo Ana.
En ese momento, Tania le dio una bofetada a Ana.
—¿Por qué me golpeas, Tania?— inquirió furiosa Ana.
—¿Vas a tirar a la basura el sacrificio de Anpiel? ¿Ya olvidaste las personas y niños que murieron anoche?— preguntó Tania molesta.
Ana y Epona guardaron silencio.
—Además— agregó Tania, —Lel debe saber en estos momentos que nuestros totemas desaparecieron y nos darán cacería. Esos dioses celtas planeados para matar a Loki vendrán ahora por nosotras— continuó diciendo la diosa de cabellos de fuego.
—Es por eso por lo que tenemos que invitar a Loki a nuestro grupo— dijo Atenea mientras entraba a la tienda donde las diosas discutían.
—No quiero a esos bastardos junto a mí— dijo Tania.
—El enemigo de mi enemigo es mi amigo. En estos momentos no tenemos opción; ya que, por lo que saben, su historial y ahora con sus totemas, son una amenaza a Lel— dijo francamente Atenea.
Tania suspiró profundamente
—De acuerdo, pero voy a patearle el culo antes a ese miserable; además, solo necesitas a Loki, no a ese gigante de ayer— dijo Tania viendo desafiante a Atenea.
—Mata a ese bastardo si eso te satisface— le respondió la diosa griega.
Las diosas salieron de la tienda de campaña. Ana pudo notar que Epona estaba cabizbaja.
—¿Estás bien, Epona?— le preguntó Ana.
—Le dije… qué no regresase… ahora está muerto… por mi culpa— respondió la diosa rubia con ojos cristalinos.
—No fue tu culpa, Epona— dijo Ana mientras le ponía sus manos sobre los hombros de la diosa rubia.
—Además, no está muerto, estoy segura. Y vamos a aplastar a quienes le hicieron esto. ¡Te lo juro!— continuó diciendo la diosa de cabellos oscuros.
Epona asintió.
Los rayos de sol comenzaron a aparecer a las ocho de la mañana, y todos los supervivientes comieron pan y un poco de cerveza o agua. Después de comer y despedirse de todos; y mientras que la gente agradecía a las diosas por su ayuda, Epona consiguió cinco caballos para viajar hacia Aros.
—Ha llegado el momento de la verdad— dijo Tania.
—Derrotemos a esos bastardos— dijo Ana.
—Hagámosle pagar por la gente que mataron— dijo Epona.
—Y rescatemos a Anpiel— dijo Rodrigo.
Atenea asintió con una sonrisa y los cinco partieron hacia Aros.
