El cielo estaba oscuro y estrellado, y nubes moradas flotaban en el aire. Se podían ver pequeñas libélulas iluminando el ambiente.
Heimdal se encontraba caminando sobre un puente gigantesco de piedra. Debajo de éste, había un mar eterno donde se reflejaba la imagen de una media luna, la cual brillaba a toda intensidad en el firmamento.
Al final del gigantesco puente, había un pórtico de piedra con dos estatuas gigantescas de esfinges. Dos guardias, malakim, se encontraban guardando la puerta sosteniendo sus lanzas.
—Soy Heimdal, y he venido a Lel para ver a la excelsa Anat— dijo el dios nórdico a los guardias.
Los malakim tenían un casco cónico dorado y alas también doradas. Estos miraron con desprecio al dios blanco nórdico.
—Su majestad, Anat, no ve a extranjeros como usted— dijo uno de los guardias a Heimdal mientras endurecía el agarre de su lanza.
—Tengo un paquete urgente para entregarle. Si se lo dan ustedes, igual, no importa— dijo el dios nórdico.
—¿Paquete? ¿Qué paquete?— preguntó el otro guardia.
Entonces, Heimdal sacó de, debajo de su capa, la cabeza decapitada de Esus y se las arrojó a los pies de los guardias.
—Si su señora intenta hacer de nuevo lo mismo en Asgard, será su cabeza la que terminará así. ¿Pueden decirle eso?— comentó Heimdal.
—¿Es ese… el anunnaki Esus?— preguntó uno de los guardias asustado.
—Ey, no podemos dejarte ir, ¡pagarás por esto!— le gritó el otro.
Pero Heimdal activó el puente Bifrost y se teletransportó fuera del palacio de Lel.
Lel es la capital del reino de los dioses y además el palacio real de El. El planeta en donde está establecido, literalmente, es un enorme castillo cuya entrada es un gigantesco puente. Por este puente todas las personas que buscan una entrevista con un eloah, los gobernantes de dicho palacio y dioses bajo el mando de El, deben cruzarlo.
Dado que El, el padre de los dioses, ha dejado de hacer apariciones públicas hace tiempo ya; su hija Anat, considerada la diosa más poderosa de los elohim, es quien generalmente toma su posición para ejercer las órdenes de su padre.
El palacio de Lel siempre se encuentra en perpetua noche, ya que los satélites que giran en torno a dicho planeta son extensos y mantienen el cielo oscuro perpetuamente. De ahí viene el nombre de ese lugar: ‘Lel’, que significa: ‘Noche’.
A pesar de ser el trono real de El, Lel es gigantesco, fácilmente podrían caber cien vías lácteas dentro del palacio. Es considerado el planeta más grande jamás conocido en cualquier universo, galaxia, dimensión o incluso realidad.
Uno de los guardias fue corriendo al interior del palacio. Éste es tan grande que se requiere viajar por sus gigantescos pasillos en una velocidad que supera en millones de veces la luz. Los guardias necesitan usar portales o agujeros de gusanos para poder llegar hasta el cuarto de audiencia en donde la diosa Anat tiene su oficina personal.
—¡Señora Anat!— gritaba el guardia cuando finalmente entró a la sala de audiencias.
Ahí, en una plataforma elevada con tres escalones, se encontraba sentada con las piernas cruzadas la diosa Anat.
La diosa tenía el cabello moderadamente corto y era de color rosado, al igual que sus ojos, los cuales tenía pintados con rímel y colorante violeta. Dos cuernos salían de la cabeza de la diosa como si fueran de un toro. Portaba un vestido con un tirante color púrpura igualmente; sus sandalias eran doradas al igual que sus brazales.
El trono de la diosa era dorado y tenía dos leones en los brazos laterales. Además, estaba forrado con colores púrpura en el respaldo y en el cojín para sentarse.
En la habitación había enormes columnas que no se podía vislumbrar el techo. Una especie de neblina cubría el piso de piedra blanca y el camino hacia el trono estaba forrado con un tapete púrpura.
Detrás del trono, había una gigantesca cortina donde se decía que se encontraba la sala del trono de El.
La diosa se encontraba bebiendo vino en un cáliz dorado; se podía ver como salía vapor de éste, ya que ella bebía todo caliente.
—¿Por qué interrumpes en mi sala, malak?— preguntó la diosa de muy mal humor.
—Su majestad Anat, un hombre de Asgard ha venido y trajo esto— dijo nervioso el guardia mientras le mostraba la cabeza de Esus de manera muy temblorosa.
El semblante del dios decapitado tenía aún una mirada horrorizada.
La diosa dio un sorbo a su cáliz, como si eso fuese poco importante.
—No pensaba que los dioses celtas fueran tan patéticos— dijo mientras daba su cáliz a un ayudante junto de ella.
—¿Así que Asgard se libró y esas dos diosas pudieron recuperar sus totemas; y ahora hicieron alianzas con Asgard y Atenea?— dijo Anat mientras recargaba su cabeza en su mano derecha en una posición de aburrimiento.
—Solo estoy rodeada de inútiles— mencionó con un ademán de desprecio.
En ese momento, otro guardia llegó y presentó una reverencia.
—Su majestad Anat, el dios Ares[1] está pidiendo una audiencia nuevamente con usted— mencionó el guardia.
—Otro inútil viene a verme— dijo la diosa con su ya conocido ademán de aburrimiento.
—Vale, díganle que pase; que tengo algo que pedirle— ordenó la diosa.
Los guardias hicieron una reverencia y se fueron.
Anat se puso de pie y vio la cabeza decapitada de Esus que el guardia había dejado en el suelo. Los asistentes se habían acercado para recogerla, pero la diosa se los impidió.
Entonces Anat, tranquilamente, caminó hacia donde estaba la cabeza y la miró con desprecio.
—No esperaba que la fuerza de los dioses de Asgard fuera de esa magnitud, pero debo admitir que sobreestimé a esos salvajes al creer que, sin su patriarca, caerían como simples hormigas— pensó la diosa.
La diosa abrió sus ojos con violencia y la cabeza desapareció, como si hubiera sido cortada en miles de pedazos hasta nivel atómico.
—Sin embargo, el poder de ese chico que los acompaña… no es normal. Vamos a tener que buscar como eliminarlo inmediatamente— continuó la diosa pensando.
Anat, entonces, regresó a su trono y cruzó su pierna de manera desafiante, al momento que ordenaba a sus acompañantes a dejarla sola.
—Bien, veré qué tan útil me puede resultar ese belicoso dios de la guerra. Después de todo, tengo una buena carnada para fragmentar a esas chicas— dijo para sí misma la diosa con una mirada de indiferencia.
En uno de los cientos de patios en Lel, varias personas estaban crucificadas; entre ellos, claramente se podía ver a Anpiel desnudo y crucificado con clavos en sus manos y pies.
[1] Dios griego de la guerra.

¿Qué sucede con Heimdal en ese puente gigantesco? ¿Qué importancia tienen los cinco minutos en esta situación?