2-1. Una habitación blanca

Rodrigo despertó acostado en una cama. Una mujer de cabello rubio, casi blanco, y ojos rosados se encontraba junto a él.

—Oh, vaya. Finalmente despertó, señor Rodrigo— dijo la mujer al joven.

Era un pequeño cuarto completamente blanco sin ninguna ventana, solo una rústica puerta de madera. La cama donde se encontraba Rodrigo tenía un gran colchón de plumas, la cual era cubierta con una sábana blanca. A un lado de la cama donde Rodrigo reposaba, había una repisa llena de botellas que los médicos muy posiblemente usaban para preparar medicina y operar a sus pacientes.

La mujer que atendía a Rodrigo portaba un largo vestido blanco como si fuera una enfermera. En su mano traía un pergamino médico, posiblemente para poder analizar los síntomas que sus pacientes tuvieran.

En toda la habitación imperaba un sepulcral silencio, lo cual, en esencia era aterrador. Había muy poca luminosidad y se podía apreciar olores como formol y alcohol, además de algunas otras plantas medicinales que él mismo no reconocía. Rodrigo vio que él no portaba sus ropas de siempre, si no que estaba vestido con una larga bata blanca. Y finalmente lo entendió, él estaba en un hospital.

—¿Dónde estoy? ¿Dónde están Ana y las demás?— preguntó Rodrigo sobresaltado.

—Descuide, señor Rodrigo. La señorita Epona se encuentra ya estable, pero las señoritas Ana y Tania se encuentran aún en cirugía; pero estarán bien— respondió la muchacha.

—Debo ir a verlas— dijo Rodrigo mientras se levantaba trabajosamente de su cama.

—Señor, tuvimos que inyectarle icor en su cuerpo, debe aún estar débil, ¿señor?— dijo la muchacha de ojos rosados intentando detener a Rodrigo, pero éste salió del cuarto corriendo.

Si había poca luz en el cuarto donde Rodrigo estaba, el pasillo que unía las habitaciones era aterrador. No se podía ver casi nada con excepción de alguna lámpara prendida.

Rodrigo caminó discretamente pero no se sentía la presencia de nada ni nadie. El joven iba a pasos lentos y un tanto a tientas para no tropezarse accidentalmente. Por un momento, le recordó cuando era niño y entró a un cementerio de noche. Esa misma sensación sentía nuevamente.

Después de caminar algunos minutos, Rodrigo encontró a Epona sentada en una silla de madera. La diosa tenía una mirada melancólica y portaba una toga blanca; sin embargo, ahora en su rostro asomaba una horrible cicatriz justo debajo de su boca.

—Rodrigo, ¿Ya despertaste?— preguntó Epona tratando de disimular una sonrisa e intentando taparse la boca.

—¿Estás bien, Ep?— preguntó Rodrigo, aún exaltado.

—En este lugar no tienen casi ambrosía, así que los métodos de curación deben ser basados en los poderes de los pocos dioses médicos que hay— dijo Epona y bajó su mirada.

—Supongo que ya viste… mi rostro, ¿cierto?—

—No, no lo he notado— dijo Rodrigo tratando de ver hacia otro lado.

Epona negó la cabeza con una sonrisa discreta.

—Eres terrible mintiendo— respondió Epona.

Ambos se quedaron en silencio.

—Ep, dime, ¿sabes dónde están Ana y Tania?— preguntó Rodrigo de manera ansiosa.

—Están aún en cirugía en el cuarto de enfrente, Tania tiene un agujero en su vientre y las entrañas de Ana se quemaron. Sin ambrosía, solo pueden apostar con una trasfusión de icor y reparar sus heridas con magia de sanación. Pero esas marcas les quedarán para siempre si no beben ambrosía pronto— respondió Epona.

—¡Qué terrible!— dijo Rodrigo preocupado.

Rodrigo, entonces miró a sus alrededores. El enorme pasillo oscuro en donde estaban y la puerta frente de ellos, la cual era de color blanca. Luz se veía detrás de ella.

—Y otra cosa, Ep, ¿sabes dónde estamos?— preguntó Rodrigo intrigado.

—No estoy segura, pero creo que este es el planeta Palas, donde Atenea y sus grupos de rebeldes se esconden— respondió la diosa de los caballos.

—¿Escapamos entonces?— preguntó Rodrigo.

—Así parece, pero no sé aún los detalles— contestó Epona.

Rodrigo se quedó viendo a la diosa de los caballos, pero ésta quiso apartarle la vista de inmediato.

—¿Te sigo pareciendo atractiva?— preguntó Epona a Rodrigo con una cara llena de tristeza.

Rodrigo se quedó pensativo.

La cicatriz en el rostro de Epona era realmente grotesca, pero ella seguía viéndose tan linda como siempre.

—Sí, bastante— dijo Rodrigo.

Epona sonrió y de nuevo quedaron los dos en silencio.

Pasaron unas horas ambos sin decirse nada. Rodrigo estaba recargado en la pared junto a Epona, quien continuaba sentada en la pequeña silla de madera.

En ese momento, un hombre salió de la puerta que estaba enfrente de los dos dioses. La persona era de piel oscura y de complexión bastante musculosa, además que portaba una brillante toga azul con tocados blancos de figuras geométricas.

—Hemos terminado, las diosas están estables ya— dijo el hombre.

—Gracias señor… emmm— dijo Epona interrogativa.

—Erinle[1], soy el jefe médico de este hospital— dijo.

—Gracias, señor Erinle— dijo Epona mientras se levantaba y daba una reverencia.

—No estoy acostumbrada a ver personas de su complexión, ¿puedo preguntarle de dónde proviene usted? Si no es mucha molestia—

El hombre comenzó a carcajear lleno de júbilo.

—Claro que sí, pequeña. Yo soy del corazón de África, del reino yoruba[2] dijo sonriendo.

—Increíble, usted proviene de los reinos en África. Creí que solo había bereberes allá— comentó Rodrigo.

—Claro que no, los bereberes imperan el desierto del norte del continente, el cual los árabes llaman: ‘El gran desierto[3]’. Pero una vez que lo atraviesas, llegarás a una zona llena de valles y lagos. En ese hermoso lugar se encuentra la recién creada capital Ilé-Ifè del reino yoruba— comentó Erinle.

—Deben ir allá a conocerla, mi gente los recibirá con mucho júbilo— concluyó.

Rodrigo se quedó sorprendido. El mundo era demasiado basto para hacerse una idea. Jamás él creyó que existirían civilizaciones debajo del gran desierto en África, pero ese hombre, o dios, era la prueba viviente.

Y aunque su fisionomía le recordaba un poco a algunos bereberes, definitivamente él lucía bastante diferente. Por dentro, Rodrigo quiso conocer más del mundo y de las personas que habitaban en él.

—Bueno, jóvenes, las dos diosas seguro estarán ansiosas por verlos de nuevo, así que, ¿por qué no les dan una visita antes de entrevistarse con Atenea?— continuó comentando la deidad médica.

—Yo, por mi parte, avisaré a nuestra líder que la operación fue un éxito— 

Rodrigo y Epona asintieron.

Erinle levantó su mano despidiéndose de ambos dioses y partió por los pasillos oscuros del hospital. Después de unos cuantos pasos, su presencia había desaparecido completamente.

Epona volteó, entonces, a ver a Rodrigo y le indicó que fueran.

El joven asintió y ambos entraron a la habitación.

 


[1] Deidad yoruba. Cazador y herbolario que logró convertirse en una deidad.

[2] La cultura yoruba se encuentra en la zona Oeste de África, en los actuales países de Nigeria, Togo y Benín.

[3] Alsahra’ alkubraa, nombre de donde proviene —Sahara—

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