Ana y Tania estaban en camas diferentes. Tania se encontraba sentada y recostada mientras que Ana seguía acostada.
El cuarto era idéntico a la habitación donde Rodrigo se había despertado. Ambas diosas portaban batas blancas al igual que Rodrigo y Epona.
—Oh, vaya, es bueno ver que estés bien, Epona— dijo Tania con una sonrisa.
Pero Ana seguía acostada; vio a Rodrigo y le apartó la vista. Rodrigo se acercó a ella, pero seguía estando como muda.
—Soy patética, ¿verdad, Rui?— dijo la diosa de cabellos oscuros sin dejar de mirar el techo como si mirase al vacío.
—No, yo creo que eres, ustedes son muy fuertes— respondió Rodrigo buscando tomar la mano de Ana.
—Ni cinco míseros minutos…— dijo Ana mientras su semblante cambiaba al de ira.
La diosa apretaba la mano de Rodrigo, quién intentó ocultar su semblante de dolor.
—Nuestros totemas están muertos, Ana. No te sientas tan mal— dijo Tania desinteresada.
—Pero, aun así, ¿cómo demonios rescataremos a Anpiel si no podemos enfrentar a unos miserables katteres?— respondió Ana frustrada mientras continuaba apretando la mano de Rodrigo.
—Oh, perdona, Rui— dijo la diosa soltando la mano de Rodrigo al darse cuenta de que se la estaba apretando.
—No, descuida— respondió Rodrigo apenado.
—Toc, toc, ¿se puede pasar?— dijo la diosa Atenea mientras entraba por la puerta.
—Atenea— dijeron todos sobresaltados.
—¿Qué fue lo que sucedió? ¿Nos rescataste tú?— preguntó Epona.
—No, Thor llegó al combate y él junto con Loki se quedaron luchando contra tus hermanos— dijo la diosa griega.
—Discúlpeme, maestra. Fue mi culpa— mencionó Ana mientras cerraba los ojos.
—No pasa nada, Ana— dijo con una sonrisa Atenea. —Es evidente que eran más fuertes que ustedes por contar con el máximo poder de sus totemas, pero eso tiene solución—
Ana guardó silencio.
—Por lo que a mí respecta, todos pasaron la prueba, y definitivo, estoy interesada en este chico, ¿cómo dices que te llamas?— preguntó la diosa griega mientras se acercaba a Rodrigo.
—Ro… Rodrigo, señora— respondió tímidamente el muchacho.
—¡Es cierto!, Rodrigo— dijo sorprendida Tania.
—Rui…— dijo Ana queriendo evitar la mirada del joven muchacho.
—¿Yo? ¿Yo qué?— preguntó extrañado Rodrigo mientras se alejaba incómodo del rostro de la diosa griega.
—¿Estas chicas no te han dicho nada?— preguntó Atenea mientras se continuaba acercando a Rodrigo y éste se alejaba de manera incómoda.
—Rui, cuando luchabas contra esa enorme serpiente, tú te convertiste en algo… monstruoso— dijo Ana tratando de evitar su mirada.
—En un tannin— respondió Tania.
Rodrigo recordó lo que le dijo Anpiel sobre los tannin o dioses serpientes. El joven no sabía que pensar ante dichas declaraciones.
—Según la ley absoluta en Lel, te debemos matar— continuó diciendo Tania.
—Pero ya no estás en Lel— interrumpió la diosa griega.
—Pero Atenea, él…— trató de decir Tania elevando la voz, pero fue nuevamente interrumpida por la diosa.
—Yo tengo sangre tannin en mis venas, Tania. Además de que mi hijo es uno de ellos. ¿Crees acaso que él o yo misma somos unos monstruos?— alzó enojada la diosa la voz.
—(¿De cuándo acá es usted madre?)— pensó Ana en decirle a la diosa griega, pero se lo reservó para ella misma.
—¿Usted tiene sangre tannin?— preguntó Tania. —Disculpa, pero no me lo creo—
Atenea guardó silencio y volteó hacia otro lado.
—¿Recuerdas cuando detuve a Ana para no acercarse a Rodrigo, pero yo no titubeé para hacerlo? — comentó.
—Sí, recuerdo eso— respondió Ana.
—Para poder usar égida[1], la protección más fuerte de Olimpo, tuve que someterme a ciertos procedimientos que terminaron en darme la mitad de mi sangre en sangre de serpiente— continuó comentando Atenea mientras levantaba su brazo y se lo mostraba a los demás.—
—¿No se supone que la sangre tannin es veneno para los dioses? Es imposible que hubieras sobrevivido— respondió incrédula Tania.
—En Olimpo, hemos estudiado a los tannin por siglos y hemos aprendido a usar parte de sus propiedades. No soy la única diosa de allá que tiene parcialmente sangre de serpiente— respondió Atenea.
Tania la miraba con sorpresa e incredulidad. En especial cuando vio a Atenea emanar de sus dedos unas pequeñas gotas púrpura que, al caer al suelo, hicieron unos pequeños agujeros.
—¿Creen que soy un monstruo entonces?— preguntó la diosa griega ante ese espectáculo.
Rodrigo estaba apenado y al mismo tiempo nervioso. A pesar de la demostración de Atenea, podía sentir que Ana se sentía incómoda cerca de él, y eso lo hacía sentir rechazado nuevamente. Como cuando era niño y todos decían que era un diablo o el hijo bastardo de uno.
—Rufino— dijo Atenea mirando a Rodrigo, —no te avergüences de quién seas, jamás. ¿De acuerdo?—
Rodrigo quiso decirle que ese no era su nombre, pero sintió vergüenza, así que solo asintió tímidamente.
—Chicos, cambiando de tema— continuó diciendo la diosa, —quiero informarles que tanto Thor y Loki aceptaron unirse a este grupo, y juzgando la situación en la que Asgard quedó, es posible que contemos con el apoyo de los dioses nórdicos—
—Y ni siquiera se disculpó ese bastardo de Loki— pensó Tania.
—Y he decidido que ustedes se unirán a ellos en la búsqueda del dios Odín en Vinland— dijo tajantemente la diosa griega.
—No podemos hacerlo en estos momentos— respondió Tania. —Debemos saber el paradero de Anpiel y ayudarlo—
Los demás asintieron.
—Si ustedes van a Lel, serán aplastados sin misericordia. Necesitan ser más fuertes y Vinland pudiera ser un excelente lugar de entrenamiento— dijo Atenea solemnemente.
—Disculpe, maestra— dijo Ana. —Sí, perdimos y estoy segura de que te decepcionamos al pelear contra esos dioses celtas, pero Anpiel sacrificó su vida por nuestros totemas, había sangre suya en ellos cuando los recibimos. No podemos abandonarlo—
—Lo sé— dijo Atenea.
Todos guardaron silencio.
—Entiendo perfectamente que un compañero en apuros no debe de ser abandonado, por eso los apoyaré en esta lucha contra Lel. Sin embargo, quiero informarles de lo que sé sobre la situación actual— continuó diciendo la diosa griega.
—Anpiel, su malak, enfrentó a otro grupo de malakim para obtener sus totemas, sin embargo, justo antes de enviárselas, fue atrapado y torturado. Sé que Anat lo tiene crucificado en uno de los patios principales de Lel—
Todos se quedaron atónitos. Tania crujía sus dientes de rabia.
—Escuchen bien, Anat sabe que Anpiel les envió sus totemas, y estoy segura de que ella lo usará para atraerlas y tenderles una trampa.
Es seguro que sepa que podré intervenir yo, por lo que se puede avecinar una guerra cruda entre nosotros y Lel; pero creo que una victoria ahí servirá para mostrar nuestro músculo a esos arrogantes genocidas— concluyó la diosa.
—¿Una guerra?— preguntó nerviosa Epona.
—Así es, y necesito que se hagan más fuertes. Si enfrentaran a un katteres de nuevo, no pueden darse ya el lujo de perder, ¿me entienden?— dijo Atenea con la voz alzada.
Todos asintieron.
—Y tú, Rolento, necesitamos sacar tus habilidades de dios serpiente también— continuó diciendo Atenea.
—Ro… Rodrigo, soy Rodrigo— respondió nerviosamente el joven.
—Sí, eso, Rogelio. Entrenarás separado de ellas. Hay una persona en este lugar que te podrá entrenar, ¿me entiendes?— dijo Atenea.
Rodrigo asintió.
—De acuerdo, siéntanse hoy como en su casa y bienvenidos al planeta Palas. He encargado a algunos malakim que las lleven a sus respectivas habitaciones.
Mañana, yo y Horus[2] hablaremos más con ustedes al respecto de todo esto y empezaremos su entrenamiento— continuó diciendo la diosa griega.
—Gracias, maestra— respondió Ana.
[1] Escudo de Atenea hecho con el rostro de Medusa. Se rumorea que es indestructible.
[2] Dios egipcio de la realeza.
