1-2. Las dos diosas

Silencio

En la oscuridad, el muchacho soñó con su pasado: un niño de siete años desnudo y llorando en una playa es encontrado por una mujer que lo cría como un hijo y le llama Rodrigo.

Rodrigo crece, pero los niños le temen por tener mucha fuerza, así que su madre le pide a su hijo adoptivo que debe tratar de controlarla.

De repente, todos estos recuerdos se van lejos y Rodrigo trata de alcanzarlos, pero no puede, se van para nunca volver…

Y de nuevo silencio…

A lo lejos, se oye la voz de una mujer, diferente a la voz de la chica que encontró Rodrigo en el palacio.

—No lo sé, Tania. Yo creo que es un chico bastante apuesto— la voz misteriosa femenina decía.

—¿Solo en eso te fijas, Ana? — replicaba la voz conocida de la mujer que Rodrigo encontró.

—Oye mira, parece que está despertando—

Rodrigo empezó a abrir poco a poco los ojos y vio borrosamente unos hermosos ojos azules. Al despejarse más su visión, pudo ver el rostro de una chica hermosa con cabello negro largo y una piel muy blanca con una cara llena de pecas. La chica sonreía mientras veía fijamente a Rodrigo.

—Hola, hola, bienvenido al mundo de los vivos, chico, ¿Cómo te encuentras? — la chica de ojos azules le preguntaba, mientras Rodrigo se encontraba acostado en una cama y recuperaba su vista.

Rápidamente, Rodrigo intentó tocarse su brazo derecho, y para su sorpresa, éste aún se encontraba ahí; a pesar de que estaba seguro de haberlo perdido.

—Mi brazo, mi brazo ¿Sigue aquí? — preguntó.

—Ey, tranquilo; estás bien, no te ha pasado nada— le respondió la chica de cabello negro con una voz tranquilizante.

—Deja de encariñarte con él, Ana; recuerda que es nuestro prisionero— respondió la chica que Rodrigo había visto con anterioridad.

El muchacho finalmente podía vislumbrar a la mujer misteriosa a más detalle, ya que no tenía puesto su velo. Tenía la piel morena y cabello rizado rojo como el fuego, una buena forma y senos grandes; en su cara tenía tatuado símbolos que los bereberes suelen tatuarse, por lo que Rodrigo asumió que era nativa del gran desierto del Sahara.

Tania y Ana miran a Rodrigo despertar. Novela Elyon

Tania y Ana miran a Rodrigo despertar.

—Bien— dijo la chica pelirroja, mientras se acercaba a Rodrigo. —Si me dices tu nombre y para quién trabajas, no te haremos nada, ¿de acuerdo? —

El muchacho bajó la cabeza y respondió: —Yo me llamo Rodrigo y no trabajo para nadie. Almanzor invadió mi ciudad mientras yo estaba viajando en una caravana mercantil, y mató a mi madre. Yo solo quería venganza—

Rápidamente levantó la mirada y les preguntó: —¿No trabajan para él? —

La pelirroja se impacientó y le respondió:  —Deja de hacerte el tonto, muchacho— pero Rodrigo se quedó con cara de desesperación.

—Es la verdad, ¡Lo juro! — respondió el chico mientras trataba de sentarse en la cama.

La chica de cabello negro lo miró a los ojos y volteó a ver a la chica bereber.

—Por raro que parezca, creo que dice la verdad. Creo que debe ser un nefil que no conoció a sus padres reales— dijo, mientras que la chica pelirroja miró hacia el techo en pose de incertidumbre.

—¿Acaso hay dioses en estas épocas que siguen acostándose con humanos? Estás de broma, ¿verdad? — contestó la mujer bereber.

Rodrigo miró fijamente a las chicas.

La mujer de cabello negro y ojos azules tenía una piel muy blanca, mucho más blanca que las personas rubias que había alguna vez conocido que vivían en el reino de los francos; además de tener varias pecas en su rostro y hombros. Aunque su cabello era, aparentemente negro, cuando la luz del sol lo iluminaba, lucía de un color que él jamás había visto, ligeramente morado con tonos rosados en las puntas. Además, portaba un vestido largo verde, con una especie de corsé en el vientre. Nunca había visto una moda de ese estilo. En su cuello, lucía un collar con una piedra verdosa, la cual tenía dibujado una especie de espiral. No era un símbolo que Rodrigo estaba acostumbrado a ver.

Por otro lado, la chica bereber tenía una blusa azul y unos zaragüelles ligeramente grisáceos. En su cuello se notaba un collar de oro muy elaborado que no parecía español o árabe, parecía más de esos vestigios que se encontraban en el sur de España, en donde la gente desenterraba tesoros de un pueblo que llamaban “púnico”, aunque la existencia de dicha gente parecía más leyenda que realidad. También, la chica tenía sus labios pintados de negro. Sus ojos ámbar eran muy hermosos, pero parecían inyectados de ira.

La chica de ojos azules volteó a ver a Rodrigo.

—Esa madre tuya, ¿Era tu madre real? ¿Conociste a tu padre por casualidad? — preguntó la mujer.

—No— respondió Rodrigo mientras miraba tristemente hacia su regazo. —Mi madre me encontró cuando era niño en una playa y me adoptó. No conozco a mis padres reales y no tengo memoria de qué sucedió antes de esa fecha. Por eso, mi madre era toda la familia que yo tenía—

La chica pecosa le sonrió y volteó a ver a la pelirroja.

—No detecto mentiras en eso, ciertamente no es común ver dioses ya teniendo relaciones con humanos; pero bien pudo haber sido concebido de tal manera y después ser el superviviente de un naufragio. No te preocupes Tania, no creo que esto haya pasado dentro de tu jurisdicción— dijo.

—Vale, vale, te creo— respondió la chica bereber. —Después de todo, tus ojos estaban tan inyectados de ira que llegué a dudar que fueras un ente divino—

Rodrigo sentía que hablaban en trabalenguas y todo le daba vueltas la cabeza. Entonces preguntó: —Discúlpenme, no entiendo nada de lo que dicen. ¿Acaso son brujas? —

La chica de cabello negro rio discretamente.

—No— le respondió sonriendo. —Pero creo que hay que ponerte al tanto de todo. Yo me llamo Ana, y aquella chica malhumorada con cabellos de salamandra se llama Tania

—¿Cabellos de salamandra? Cállate, cara de cuervo— le respondió la chica pelirroja.

Ambas chicas reían mientras discutían entre ellas, pero Rodrigo entonces interrumpió: —¿Qué son ustedes, entonces? Y… ¿qué soy yo? ¿Lo saben ustedes? — preguntó intrigado.

—Desde que era pequeño, vi que tenía más fuerza y rapidez que todas las demás personas, pero mi madre siempre me obligó a ocultar mis poderes; aunque siempre supe que yo era diferente— confesó el joven.

Ana le sonrió y le dijo: —Claro, nosotras somos diosas—

Palabras que hicieron hacer a Rodrigo una mueca de incertidumbre.

—Posiblemente no hayas escuchado de mí porque yo soy de Irlanda; pero la chica gato de allá es una deidad que era adorada por los antiguos fenicios— continuó explicando Ana.

Tania la cortó bruscamente: —No creo que debas dar tanta información de mí, cara de cuervo— lo cual nuevamente llevó a una discusión entre ambas chicas.

—Si son ustedes dos diosas, ¿Por qué no salvaron a mi pueblo? — preguntó Rodrigo.

—¿O acaso son demonios? Porque sé que solo existe un solo Dios, nuestro Señor Jesucristo, ¿Qué son ustedes? —

Tania se puso la mano en la cara mientras murmuraba: —Esto será más difícil de lo que pensé— 

Mientras tanto, Ana le extendió la mano.

—Toca mi mano— dijo.

Rodrigo, nervioso, la tocó.

—¿Ves?, no tengo nada de malo, no he venido a comer tu alma o algo así, así que no me tengas miedo; no soy un monstruo ni nada por el estilo— prosiguió diciendo la mujer de cabellos oscuros.

La sonrisa de Ana tranquilizó a Rodrigo y el calor de su mano lo hacía sentir un poco más aliviado. Ese odio ciego que lo había consumido empezaba a apagarse poco a poco.

Tania, entonces, le dijo a Rodrigo: —No creo que podamos darte toda la información de golpe, pero, creo que tú crees en los ángeles, ¿cierto? Los ángeles, según tu creencia, no pueden intervenir en el mundo no importa que tan torcidas sean las consecuencias. En nuestro caso es lo mismo, solo podemos observar—

Entonces Tania se acercó a Rodrigo y le tocó su pecho con el dedo índice.

—Dentro de este corazón tuyo circula sangre divina, por esa razón eras diferente; por esa razón tu brazo continúa en su lado a pesar de que te lo arranqué. Una herida como tal en un humano común y corriente hubiera causado su muerte— y continuó explicando. —Y por esa sangre divina que circula en tu cuerpo, también tienes prohibido intervenir en el mundo humano, porque tienes tanto poder que pudieras condicionar la historia y el desarrollo de la humanidad—

—¿Yo un dios?, ¡Qué locura! — pensó Rodrigo en ese momento.

—Si no le crees, escucha claramente las palabras que estás diciendo, no es español ni gallego, ¿cierto? — le interrogó Ana a Rodrigo.

En ese momento, Rodrigo se dio cuenta que, efectivamente, no había estado hablando gallego; de hecho, parece que había estado usando esta lengua desde que vio a Tania por primera vez. Pero ¿cómo él sabía hablar esa lengua y por qué la entendía?

—Lengua divina. Todo ser que tiene algo de sangre de deidad tiene una capacidad para hablarla o entenderla instintivamente— contestó Tania.

—¿Necesitas más pruebas? — continuó preguntando la chica de cabellos rojos.

—Debe ser algo de magia o brujería— pensó nuevamente el muchacho, pero trató por el momento de apartar esos pensamientos.

Rodrigo recordó que varias personas de su pueblo habían sido tomadas como esclavos y suspiró.

El joven, entonces, miró a Tania con cara de preocupación.

—Quisiera antes hablar sobre la situación de mi pueblo. Sé que Almanzor captura mujeres y niños como esclavos. Sé que los niños son castrados para hacerlos eunucos y las mujeres son dadas como prostitutas o esposas en harems para hombres poderosos— 

Rodrigo miró fijamente a Tania.

—Por favor, permíteme salvar a los niños al menos, ellos no se merecen eso— dijo.

Tania tuvo un espasmo en su mirada.

—No… no… no podemos dejarte, Rodrigo, ¿Cierto? —

Rápidamente Tania apartó la mirada de él, mientras continuaba.

—Discúlpame, sé que es muy difícil que te desapegues de este mundo humano, pero… no puedo dejar que sigas exponiéndote—

Ana miró a Rodrigo también.

—Sé que te duele, Rodrigo, pero, está prohibido. No quieres que castiguen a Tania por ello, ¿verdad? —

Rodrigo siguió insistiendo aún más: —Yo trabajé como guardaespaldas en caravanas, aprendí a ocultar mi poder y pelear como humano. Te juro que no usaré ninguno de mis poderes, lo esconderé todo… por favor, déjame luchar por última vez como humano—

Tania se veía muy exaltada y mantuvo silencio por un tiempo.

—De acuerdo, yo te acompañaré para cerciorarme que no llames mucho la atención— dijo.

Ana miró a Tania con una mirada de sorpresa.

—Tania, acaso tú…— le dijo, pero la mujer de cabello rojo hizo una negación con su cabeza.

—No te preocupes Ana, espéranos aquí. Es normal que quiera cumplir su último capricho como humano; después de todo, jamás había escuchado de un caso como el suyo en mi vida, y no podemos forzarlo a tomar una decisión tan extrema en abandonarlo todo—

Ana miró con una sonrisa a Tania y asintió; se levantó y soltó la mano de Rodrigo quien la había estado apretando mientras se desahogaba de sus males.

Rodrigo, entonces, se empezó a levantar de la cama y volteó a todos lados. Comenzó a tratar de ver en el lugar donde se encontraba. Por un momento pensó que podía ser una celda, pero al mirarlo bien, en realidad parecía el cuarto de alguna posada.

Él se encontraba en una gran cama de paja y la habitación era bastante amplia; tenía una pequeña mesa enfrente con platos de comida, que mostraba que las chicas, o ángeles en la mente de Rodrigo, habían estado comiendo; la cual era iluminada por los rayos de sol que entraban por una ventana abierta.

El olor de la habitación olía a perfume muy suave y delicado. Si era el cuarto de una posada, las chicas debían tener dinero porque parecía una posada bastante cara. Además, junto al joven, había un par de ropa limpia.

—¿Deseas algo de comer antes de irte, Rui?— preguntó Ana con una sonrisa.

En ese momento, Ana se quedó viendo a Rodrigo sonrojada con la boca abierta.

—Disculpa, Rodrigo, pero ¿Te puedo llamar Rui? — le preguntó.

—¿Rui? — preguntó Rodrigo extrañado.

—Eres de la zona oeste de España, ¿no? Creía que así le decían a los Roderick, digo, Rodrigo… disculpa, estoy hecha un lío; no quise parecer muy confianzuda— se disculpó, aún apenada la chica de cabellos negros.

—Por mí no hay problema— contestó Rodrigo.

—Bien, Rui. Pues tenemos unas deliciosas lentejas y pan recién salido del horno…. bueno, ya tiene tres horas que salió, pero aún está bueno— trató Ana de continuar la conversación anterior.

—No, tengo prisa— respondió Rodrigo, al mismo tiempo que su estómago gruñía.

—Oh vamos, come un poco. La bruta de mi amiga hizo que perdieras muchas energías y las vas a necesitar— le respondió Ana.

—De acuerdo, pero no tardemos mucho— asentó Rodrigo.

Tania y Ana sirvieron la comida, tal como habían dicho, eran lentejas y pan; además de un vaso de vino. Por alguna razón, Rodrigo pudo sentir cierta alegría cuando comió dichos alimentos, una alegría que sentía que se había apagado en una explosión de odio. Tenía que salvar a los niños de la esclavitud y tenía que darles un entierro cristiano a su madre y amigos de Coímbra.

—Están buenas, ¿verdad? — preguntó Ana. —Las hizo Tania; aunque parezca una bestia monstruosa, sabe cocinar muy bien— comentario que sonrojó a Tania rápidamente.

—Demonios, Ana. Al menos yo soy más útil que tú. Si fuera por ti, tendríamos que estar comiendo carne cruda de animales porque ni prender un fuego sabes hacer— respondió Tania en manera burlona.

Nuevamente las chicas discutían, y Rodrigo recordó cuando comía en casa de su madre en compañía de sus amigos; y de la misma forma como discutían de igual manera. En ese momento, sintió ganas de llorar.

Ana, al ver que estaba llorando, rápidamente se acercó a él y lo abrazó.

—Tranquilo— dijo, —nosotras estamos aquí—

Tania observaba desde la pequeña cocina con una mirada de cierta melancolía dicho momento.

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