Terminado de comer y ya recuperado, Rodrigo, después de agradecer por la comida, miró a Tania y le preguntó sobre su actual ubicación.
—Es un pequeño pueblo llamado Penacova, muchos sobrevivientes han venido acá a refugiarse; aunque otros han huido creyendo que los musulmanes podrían invadir estos alrededores también— respondió Tania.

—Bien, y, emm, ¿cuánto tiempo estuve durmiendo? — inquirió Rodrigo mientras tomaba su ropa, ya que estaba solo con sus pantalones que usaba de ropa interior.
Tania le respondió: —Solo tres horas; descuida, podemos llegar a tiempo para que puedas salvar a los esclavos, pero recuerda que solo eso, ¿bien? —
—Sí, y también, enterrar los cuerpos de mi madre y mis amigos. Sus almas no podrán ir al cielo ni sus cuerpos resucitar en el Juicio Final si no les doy una santa sepultura— mencionó Rodrigo.
Tania asintió.
Rodrigo y Tania caminaron hacia la puerta de la posada, mientras escuchaban a la dueña del lugar suplicarles que no salieran del pueblo.
—Descuide— le replicó Tania, —estaremos bien— mientras forzaba una sonrisa. Rodrigo entendió que Tania no estaba acostumbrada a sonreír mucho a desconocidos.
Junto a la posada, la cual era bastante grande, había un establo de gran tamaño con varios caballos atados. Justo en la parte de afuera había dos equinos, uno era negro y el segundo pardo. Tania le indicó a Rodrigo que se subiera al pardo, y ambos partieron rápidamente hacia la ciudad devastada de Coímbra.
Estaba atardeciendo y se veían las hermosas montañas verdes de la región central del reino de León en medio de una gran estepa de enormes pastizales.
Frente del pueblo, había un río con aguas tranquilas y cristalinas con el nombre de Mondego, el cual Tania y Rodrigo lo cruzaron para dirigirse hacia el oeste. Había mucha gente aún en las afueras de Penacova llegando en caballos y otras caminando.
Era algo bastante devastador observar el terror que se veía en sus ojos. Aun así, el aire era bastante fresco, lejos relativamente del ataque a Coímbra.
El viaje duró casi dos horas galopando a toda velocidad. Tania era muy silenciosa y no decía nada en el transcurso del viaje, haciendo notar a Rodrigo que ella era una chica bastante asocial. Igualmente, pasaba por su mente que, si él hubiera corrido, seguro hubiera llegado en menos de una hora, pero no podía oponerse a la voluntad de su nueva compañera.
—No hablas mucho, ¿verdad? — le preguntó Rodrigo a su compañera de cabellos rojos.
—No, lo siento; no tengo mucho que contar— contestó indiferente Tania.
—Pero si realmente eres una diosa como Ana mencionó, debes haber tenido muchas aventuras, vivencias y todo eso — comentó Rodrigo sorprendido.
—Dime, si no es indiscreción, ¿puedo saber tu edad? —
—Lo siento, todo eso es confidencial. Si logramos tener más confianza, tal vez te cuente sobre ello— respondió inmutable la diosa bereber.
—Ya veo, y dime… ¿Eres cristiana? ¿Conoces a Nuestro Señor Jesucristo y a Su Madre María? ¿Has estado en el cielo? — insistió Rodrigo quien seguía alterado parcialmente por escuchar la historia anterior sobre dioses que podrían parecer paganos.
Una mueca de sonrisa salió en la boca de Tania.
—Creo que me vas a terminar odiando más si te lo digo— le respondió.
—Te tendré que poner al tanto de todo, Rodrigo, pero después. Creo que Ana te podrá explicar mejor que yo; yo soy muy tosca— agregó.
El cielo oscurecía y comenzaba a tomar un color morado sombrío. La noche caía rápidamente, pero, aun así, el calor persistía. Era uno de esos días secos en la península ibérica. Por alguna razón, Rodrigo sentía que los ojos de Tania brillaban en la luz de la luna menguante que iluminaba la pradera.
—Estamos muy cerca de Coímbra— dijo Rodrigo, mientras detenía el caballo. —Habrá que investigar dónde tienen retenidos a los esclavos para liberarlos—
Vislumbraron a lo lejos y vieron una caravana de soldados quienes, se podían escuchar a lo lejos que se encontraban festejando.
—Déjame esto a mí— dijo Tania, mientras se bajaba de su caballo.
—Pero ¿no que no puedes intervenir? — la miró sorprendido Rodrigo, mientras continuaba sobre su caballo color pardo.
—Puedo intervenir como humana, de la misma forma que lo harías tú— le respondió Tania, mientras fingía hacer una sonrisa.
—Es notable que no le gusta sonreír— pensó Rodrigo.
Tania se tapó su rostro con su velo y se acercó a un grupo de soldados que estaba de guardia en ese momento.
—Buenas noches, Alá esté con ustedes— dijo Tania en árabe a los soldados que la veían con extrañeza. —Escuché que tienen un excelente botín de esclavos y quisiera comprar algunos—
—¿Esclavos? Sí, tenemos varios aquí, pero dudo que quisiéramos venderlos a una asquerosa bereber— contestó burlonamente un soldado.
Entonces, ese guardia puso su mano en el rostro de la diosa y empezó a acariciárselo, mientras ésta fruncía el ceño.
—Aunque claro— dijo el guardia, —me encantaría hacerte mi esposa; aunque seas una sucia bereber. Tienes unos ojos muy hermosos—
Tania apartó su cara de la mano lasciva del guardia.
—Tengo dinero para comprar varios, si me indican donde están, podremos hacer negocios— dijo esto, mientras sacaba varias bolsas de cuero de tamaño mediano con, aparentemente, monedas de oro dentro.
Los guardias empezaron a acercarse a Tania.
—Miren, esta belleza tiene dinero— dijo uno de ellos.
—Sí, seguro se lo robó a alguien. Esos bereberes son todos unos ladrones— dijo otro guardia.
Tania se mantenía de pie viéndolos sin moverse o siquiera inmutarse.
En ese momento, Rodrigo, que había estado sobre su caballo, se bajó rápidamente y le cortó la mano a uno de los guardias que intentaba tocar a Tania.
Los soldados rápidamente gritaron: —¡Tiene un arma! — pero Rodrigo, tratando de contenerse lo mejor que podía, hirió a otro soldado con su espada que aún tenía ese color carmesí.
Pero la advertencia ya había sido lanzada, y Tania rápido lo volteó a ver molesta y le dijo: —¡Vámonos! —
Ambos se subieron a los caballos y huyeron, mientras los guardias empezaron a buscarlos por toda la zona.
—¡Eres un tonto! — le replicó la diosa mientras estaban escondidos tras una colina.
—No había forma que esos sujetos me fueran a hacer algo, y ahora solo alborotaste el campamento— continuó diciendo Tania de manera molesta.
—Lo siento, fue un reflejo. Seas un ángel o una humana, no puedo permitir que esos degenerados te tocasen— respondió Rodrigo mientras la veía fijamente a sus ojos.
—Yo siempre quise ser un caballero, y proteger a las damas es un noble deber; aunque nos cueste la vida—
—Esas costumbres humanas son tan extrañas— respondió Tania mientras hacía un gesto de interrogante.
—Bien, es un hecho que ya no nos podremos acercar al campamento, por lo cual vamos a tener que pelear sí o sí— dijo Rodrigo mientras miraba con reojo a los guardias que estaban buscándolos sobre sus caballos.
—Espera, no puedes— le respondió Tania. —Matar humanos es un tema prohibido entre nosotros. Te doy permiso que pelees y que te defiendas, pero no que mates a nadie—
—No morirá nadie en esta ocasión; lo juro— replicó Rodrigo.
—¿Con tus poderes humanos? Es imposible— le respondió la diosa mientras lo miraba con desdén.
—Solo con eso me basta. Observa y aprende— le dijo el muchacho guiñándole el ojo.
Rodrigo, usando el cobijo de la noche, salió y rápidamente saltó detrás de un guardia montado y lo tumbó de su caballo, mientras que le tapaba la boca para que no hablase y lo golpeó en la nuca dejándolo inconsciente. Los guardias, que usaban fogatas para alumbrarse, notaron que uno de sus compañeros faltaba, pero Rodrigo prosiguió haciendo lo mismo con cada uno de ellos.
Cinco hombres en total quedaron noqueados en la noche.
Tania salió de su escondite al ver las acciones de Rodrigo.
—Impresionante, y no usaste ni una sola gota de tu poder divino— le dijo sorprendida.
—Entrené muy duro para poder ocultarlo. Así lo quería mi madre y entrené y entrené para ser el mejor sin usar mis poderes— comentó Rodrigo.
—Es por eso por lo que jamás pude sentir su presencia hasta hoy— pensó la diosa pelirroja mientras lo veía con sorpresa.
—Bien, ahora voy a entrar y soltar a los esclavos, ¿de acuerdo? — dijo Rodrigo mientras miraba hacia el campamento.
—De acuerdo, ve con cuidado— le respondió Tania.
Rodrigo, usando tácticas de escondite, se infiltró poco a poco al campamento; y como una serpiente sigilosa, aprovechaba la noche y la embriaguez de los soldados para ir deshaciéndose de ellos uno a uno, sin necesidad de matarlos.
Sin embargo, en el centro del campamento, se dio cuenta que había unos que no habían bebido ni una gota de alcohol ya que eran musulmanes devotos. Además, había mucha luz ya que habían puesto varias fogatas, por lo que tendría que pasar peleando.
—Es mi imaginación o escucho menos ruido en el campamento— dijo uno de los soldados que medía fácilmente un metro ochenta[1] y tenía una barba espesa.
—Sí, esto es sospechoso— respondió otro guardia más pequeño, pero sin un ojo. —Creo que nos están atacando en la noche—
Los guardias, que eran ocho en total, tomaron sus lanzas y empezaron a ponerse en alerta mientras Rodrigo los vigilaba detrás de una tienda de campaña. También vislumbró una cueva al fondo, y había llantos hondos dentro de ella.
—¡La gente del pueblo está ahí! — pensó Rodrigo rápidamente.
Pero no tardó mucho, una lanza atravesó la tienda de campaña, la cual Rodrigo evadió con dificultad.
—Ah, aquí encontré una rata— dijo el soldado de metro ochenta mientras empuñaba la lanza del otro lado de la tienda.
—Demonios, tendré que pelear— pensó Rodrigo. Pero, en ese momento, cuatro soldados aparecieron detrás del gigante.
—Tendré que hacer gala de todas mis habilidades— siguió pensando el joven guerrero mientras se preparaba para luchar.
—Señor— dijo uno de los subordinados. —¡El rostro de ese chico concuerda con el rostro del genio que atacó el castillo a medio día! —
—Entonces, seguro el sultán me recompensará con mucho oro y esclavas si le llevo la cabeza de este sucio demonio— respondió confiado el hombre de metro ochenta mientras retraía su lanza para pelear contra Rodrigo.
—Ven aquí niño; muéstrame tus poderes demoniacos— le gritó con fuerza el enorme guardia.
Rodrigo, entonces, se lanzó hacia el soldado gigante, pero éste lo golpeó con su brazo izquierdo. Rodrigo cayó al suelo y el guardia intentó empalarlo con su lanza, pero el joven guerrero pudo evitar los ataques mientras giraba en la tierra. Rápidamente, se reincorporó mientras permanecía en posición de ataque.
—¿Es éste el poder de un genio? No me hagas reír— balbuceó el gigante mientras que Rodrigo empezaba a impacientarse.
El guardia, entonces, se lanzó hacia el muchacho y éste vio una apertura. Rápidamente, evadió la lanza, tomó el brazo del gigante y usando su propio peso, lo tomó y lo arrojó hacia el suelo. Rodrigo, rápidamente, le empaló el puño con que tomaba su lanza, pero se dio cuenta que los otros soldados se preparaban para atacar, así que lo levantó y lo tomó de rehén.
—He venido por los esclavos, no quiero más problemas— gritó Rodrigo, pero el gigante no estaba derrotado aún y arrojó a Rodrigo varios metros con un fuerte movimiento de su brazo.
—¡Maldito crio! — murmuró e intentó tomar su lanza con la mano herida, pero rápidamente Rodrigo le hizo una tajada en la espalda con su espada.
Los soldados se arrojaron al joven guerrero, pero éste evadió sus ataques y los cortó en sus tendones y brazos para incapacitarlos. El gigante aún no estaba derrotado e intentó aplastar a Rodrigo con su enorme cuerpo, pero él lo evadió con dificultad, y aprovechando que estaba en el suelo, logró noquearlo al golpearlo con el mango de su espada en su nuca.
Pero la victoria no duró mucho, cuando Rodrigo alzó los ojos, el otro soldado que no tenía un ojo estaba frente a él con un grupo de arqueros apuntándolo.
—Ríndete ahora muchacho, estás acorralado—
Los arqueros se disponían a disparar cuando la luna brilló con una intensidad jamás vista antes, haciendo que los arqueros fallasen su tiro en ese momento. Aprovechando la confusión, Rodrigo corrió hasta el guardia tuerto y lo tumbó de un rodillazo, y rápidamente, entró a la cueva.
Cuando todos recuperaron la vista, se dieron cuenta que el muchacho había huido.
—Pongan un cerco en la cueva, su objetivo son los esclavos— gritó el guardia sin un ojo mientras se levantaba escupiendo sangre causado por el ataque de Rodrigo.
Los guardias se pusieron en posición frente a la cueva apuntando sus saetas a la entrada. Rodrigo estaba atrapado.
Los ciudadanos y niños se encontraban dentro de un grupo de jaulas, y cuando vieron a Rodrigo, lloraron y gritaron que los ayudase, Rodrigo trató de calmarlos y les dijo que todo saldría bien, pero por dentro sabía que no podría huir de ahí sin sus poderes divinos. Pero si los usaba, Tania seguramente lo castigaría y estos esclavos no se podrían salvar. No sabía qué hacer.
En ese momento, Tania apareció detrás de los guardias con las manos levantadas.
—Gente, gente, por favor— dijo en árabe. —Solo estaba interesada en sus esclavos; escuché que son de muy buena calidad. Intenté comprarlos, pero sus guardias en la entrada me prohibieron llegar hasta aquí—
—¿Quién es esta bereber? ¿Qué hace aquí? — empezaron a murmurar los guardias.
El hombre sin ojo la miró y se le acercó.
—¿Qué es lo que quieres? — le preguntó.
—Los esclavos, quiero comprarlos a todos— dijo Tania.
Todos los hombres empezaron a reír.
—Debe haber como cincuenta personas ahí dentro de las cavernas, solo Al-Mansur o el sultán podrían comprar una cantidad de hombres tan exagerada—
Tania sacó de nuevo sus bolsas de cuero de entre sus ropas y arrojó sus contenidos al suelo; eran cientos de monedas de oro, diamantes, piedras preciosas y joyas. Los hombres jamás habían visto tanto dinero junto.
—Ya les he dicho, con esto estoy segura de que me alcanzará y ustedes podrán comprar propiedades y terrenos; que deben ser más valiosos que los hombres ahí dentro— replicó Tania.
—¿Por qué quieres los esclavos?, dime— le preguntó el soldado sin ojo.
—El Sagrado Profeta nos ordenó hacer actos de piedad, ¿es pecado eso? — respondió la diosa mientras lo miraba con ojos desafiantes al soldado.
—Pero, señor— dijo un soldado, —ese chico de ahí se parece al sujeto que nos atacó en la mañana en Coímbra. El retrato dibujado se parece mucho a él—
—¿Es eso cierto?, ¿eres tú la persona que controla ese genio? — preguntó desafiante el soldado sin un ojo a Tania, mientras ponía su mano sobre el mango de su cimitarra.
—No sé de qué me hablan, ¿por qué habría mi guardaespaldas ser un demonio? Él es un eunuco muy devoto a las enseñanzas de Mahoma— intentó la diosa pelirroja convencer al soldado, pero éste la veía aún con incertidumbre.
Tania entonces tomó su collar de oro y piedras preciosas que tenía en su cuello y lo arrojó al montículo de dinero.
—Y además agrego esto para los daños que mi guardaespaldas causó a sus hombres; discúlpenlo, a veces es un poco brusco, pero no es un genio, se los puedo asegurar— dijo la chica.
El guardia soltó el mango de su cimitarra y asintió, ordenando a sus hombres a romper filas. Mientras tanto, Rodrigo salía junto a los ciudadanos de Coímbra de la caverna. Los guardias no intentaron nada y Rodrigo junto a los ex-prisioneros caminaban lentamente.
—De acuerdo— dijo el guardia tuerto, —pero no pongan un pie nuevamente por esta región, o lo pagarán muy caro—
Tania, tratando de fingir una sonrisa lo más que podía, respondió: —Claro, claro, descuiden los problemas. Que Alá les dé una larga y próspera vida a todos—
Rodrigo, Tania y el resto de las personas salieron finalmente del campamento en lágrimas y gritos de alegría agradeciéndolos por haberlos salvado.
—Descuiden, era lo menos que podía hacer por ustedes— respondió Tania.
—Será un camino largo a Penacova y solo tenemos dos caballos— dijo Tania mientras sonreía,
—¿Podrán resistir la caminata? Serán como cinco horas—
Rodrigo vio que, por primera vez la sonrisa de Tania era sincera y no fingida. Ella realmente estaba disfrutando ayudar a los demás, pensó el joven guerrero.
—Sí, cargaremos a los niños en lo que podamos— dijo el líder del grupo de personas.
—Si quieren, vayan turnándose los caballos con la gente que no pueda caminar mucho— replicó Rodrigo. —La chica y yo caminaremos—
Fue un camino largo hasta Penacova, casi seis horas; pero la gente se encontraba con júbilo por haber sido rescatada y pudieron resistir el viaje en la noche.
—Oye, gracias por salvarme— le dijo Rodrigo a Tania mientras caminaban enfrente de la caravana.
—No pasa nada, siempre existen formas de resolver estas cosas en el mundo de los humanos— respondió ella.
—Lo del brillo de la luna, ¿fuiste tú también? — volvió a preguntar Rodrigo.
Tania sonrió, pero guardó silencio.
—Y ese dinero ¿de dónde…? — preguntó Rodrigo, pero la diosa abruptamente lo interrumpió.
—¡Eran parte de mis ahorros!, ¿sí? — dijo Tania exaltada.
Y continuó: —No tenemos permiso de crear oro o dinero tampoco porque interrumpimos la economía humana, así que ese dinero lo he ido ahorrando por años. Descuida, no pasa nada—
Rodrigo sonrió. Él creía que Tania era una persona desalmada y sin apegos a la humanidad, pero parecía que la había juzgado mal.
Al llegar a Penacova, Tania visitó todas las posadas y casas particulares pagando dinero para que pudieran hospedar a la gente. Algunas de ellas, por la bondad de su corazón, decidieron dar hospedaje gratuito a los supervivientes de la masacre en Coímbra. Tania sonreía como nunca Rodrigo la había visto.
—Vaya, hiciste sonreír a ese témpano de hielo— escuchó Rodrigo detrás de él, y cuando volteó se dio cuenta que era Ana.
—¿Sabes?, hacía tiempo que no la veía sonreír así—
A la mañana siguiente, Tania y Rodrigo decidieron dejar la aldea, no sin antes despedirse de todos mientras les agradecían y les daban abrazos y regalos con lo poco que podían a sus salvadores. Rodrigo sintió que alguien le jalaba su capa, y se dio cuenta que era la niña que rescató cuando atacó a los soldados a las afueras de Coímbra.
—Gracias, señor. Sé que son ángeles que mandó Dios a ayudarnos. Gracias, gracias— dijo la niña a Rodrigo con lágrimas en sus ojos.
Rodrigo acarició la cabeza de la niña y le encargó ser fuerte.
La niña asintió.
—No se preocupen por sus difuntos, nosotros iremos a Coímbra y les daremos santa sepultura a todos para que puedan estar junto a Jesucristo después del Final de los Tiempos— dijo Rodrigo a las personas mientras éstas lloraban y asentían.
Ana se acercó dónde estaba Rodrigo y Tania mientras traía junto a ella a un tercer caballo que recién había comprado, éste era pardo con manchitas.
—¿Están listos para partir? — preguntó Ana. Rodrigo y Tania asintieron.
Montaron sus caballos y cabalgaron hacia la salida del pueblo entre los gritos de alegría y llanto de las personas.
Al salir de Penacova, se dirigieron hacia el oeste nuevamente y llegaron a las ruinas de Coímbra, en donde Rodrigo sepultó a la gente y levantó varias cruces en honor a los caídos. Tania y Ana lo ayudaron.
Afortunadamente, los musulmanes habían abandonado la ciudad creyendo que estaba embrujada. Almanzor se había retirado desde el día de ayer, huyendo pavoroso de ahí.
—No te veía sonriendo sinceramente desde hace tiempo, Tania— le dijo Ana a la diosa de cabellos de fuego mientras ayudaba a Rodrigo a levantar las tumbas— Tania se sonrojó.
—Hacía tiempo que no sentía este calor humano, supongo que también debo de tener sentimientos después de todo— respondió Tania.
Después de que Rodrigo rezara y se despidiera finalmente del cuerpo de su madre, partieron hacia el este.
[1] Lo cual era excepcionalmente alto en esa época
