Después de siete días, finalmente, el barco llegó al puerto de Horsens, al sur de Aros en la península de Jutlandia.

Horsens era un pequeñito pueblo danés con un grupo de casitas de madera de dos pisos, similares a las que vieron en Caen, solo que más rústicas. Había varias vacas y carneros en las calles del pequeño pueblo; y la mayoría de las personas ahí eran campesinos y pescadores, por lo que había algunos mercados de mariscos.
Era tarde, por lo que Rodrigo y las diosas decidieron quedarse en un hostal antes de continuar al día siguiente.
El hostal estaba justo frente al muelle y estaba lejos del centro del pequeño pueblo. Era diminuto, mucho más pequeño que aquellos que visitaron incluso en la península ibérica. Se notaba que muy poca gente visitaba esta parte del mundo o que, por culpa de la guerra civil prolongada, se había quedado un tanto abandonada.
Nadie entendía occitano, ni gallego, ni anglosajón, ni irlandés, y mucho menos el ‘noruego’ de Epona. Usando señas, pudieron rentar un cuarto para hospedarse.
Había telarañas en el hostal, e incluso gallinas corrían en los pasillos. Apestaba a estiércol de caballo, y dado que llovía un poco, había goteras también en el techo. El frio dentro era aterrador, y la mayoría de la gente estaba en la parte frontal del hostal donde había una chimenea prendida; pero no habría tanta suerte dentro de los cuartos. Rodrigo iba temblando de frío conforme avanzaban.
Ya, en la habitación, Epona decidió espiar los movimientos de los enemigos.
—¿Cómo lo harás, Ep?— preguntó Rodrigo interesado.
La diosa rubia, entonces, se sentó en la única cama del cuarto y puso sus ojos en blanco diciendo: —Ép amarch[1]—
Y se quedó así en esa posición inmóvil.
—¿Qué le sucede?— siguió preguntando Rodrigo.
—Se encuentra usando los ojos de todos los caballos a su alrededor. Si un caballo mira a otro, ella puede transportar su vista a ese—
—Si es necesario, puede hacer que el caballo se mueva hasta encontrar su objetivo. Puede ver en decenas de caballos al mismo tiempo, por lo que debe concentrarse— respondió Ana.
Pasaron horas y Epona seguía en esa misma posición, completamente inmóvil con los ojos en blanco. Tania había ordenado no dormirse hasta que la diosa equina regresara del trance.
Ana se asomaba a la ventana con la leve esperanza de que Anpiel apareciera, pero no había rastros de él. Ya habían pasado casi quince días.
En ese momento, Epona vomitó sangre y cayó de rodillas al suelo. Tania, rápidamente, se acercó a revisarla y vio que se encontraba tiritando en escalofríos.
—¡Me descubrieron!— dijo mientras una enorme herida de sangre apareció junto a su cuerpo.
—¡Huyan, huyan, ya está aquí!— gritaba Epona mientras seguía sangrando y vomitando sangre.
—¡Debieron haber matado a los caballos espías con una fuerza abismal!— gritó Ana.
—¡No, no me iré de aquí!, ¡pelearé!— gritó entonces Rodrigo mientras se acercaba a Epona para atender sus heridas con agua.
En ese momento, un enorme destello de luz apareció y todo explotó en miles de pedazos.
La posada había sido destruida y una lluvia de fuego caía sobre las ruinas en un mar de llamas y humo. A lo lejos, se veía un hombre portando lo que parecía una espada de fuego, también traía una cabeza de caballo en su brazo izquierdo.
El hombre la arrojó y gritó: —¿Dónde están, perras?, ¡muéstrense!—
—¡Rodrigo, cuida a Epona!— gritó Tania mientras se ponía en posición de combate.
—¡No! ¡Tengo que pelear yo también! — dijo Rodrigo cuando sintió la mano de Ana en su hombro. Ella ya tenía una espada en su mano y sus ojos azules estaban ardiendo.
—Rui, ¿confías en mí, cierto?— le preguntó.
—¿Así que son ustedes? La legendaria Tannit y la terrible Morrigan[2] ante mí— dijo el individuo mientras se acercaba.
Era un hombre gigantesco, superaba los dos metros fácilmente. Su cabello era de color rojizo, y estaba peinado con una enorme coleta; tenía una barba también amarrada en una trenza y solo tenía puesto un pantalón de color marrón. Sus ojos eran azules y en su brazo izquierdo tenía un tatuaje que representaba al mundo Muspelheim.
—No me llames así, bastardo— dijo Ana.
—Perdón, perdón, Rodrigo— decía suplicando Epona a Rodrigo mientras intentaba tocar su rostro.
—No es tu culpa, Ep. Confiemos en ellas— replicó Rodrigo.
—Mi nombre es Surtr y soy el comandante de las fuerzas de Loki, el líder de Muspelheim y los gigantes de fuego. Y esta espada de llamas será su destrucción— dijo el gigante mientras levantaba su arma.
—No usa totema, Ana. Podremos ganarle. Rápido, ¡prepara una dimensión alterna para luchar contra este monstruo!— ordenó Tania a la diosa pecosa.
El gigante hizo un movimiento rápido de espada, creando un enorme rayo de fuego que las diosas evadieron sin mucho problema; al mismo tiempo que Ana lanzaba su chispa dimensional y creaba un espacio alterno para poder luchar contra Surtr.
Tania saltó entonces hacia el techo de la dimensión alterna y tomó impulso, dándole un rodillazo al gigante, el cual lo hizo volar varios metros.
—No vas a poder vencernos, imbécil. Voy a retorcerte por lo que le hiciste a Epona— gritó Tania.
El gigante empezó a reír.
—Son fuertes como decían, pero no son rivales para mí— dijo Surtr.
En eso, sacó de entre su pantalón un collar. ¡Era su totema!, la estatuilla de un hombre usando una espada.
—¡NO!— gritó Tania y saltó hacia atrás, pero en ese momento el gigante usó su totema, una llama envolvió su cuerpo y su apariencia cambió.
Surtr lucía de color azulado, portaba una armadura monstruosa que daba cierta semejanza a ser de hielo, pero con llamas emanando de ésta. Su espada había cambiado completamente, ahora era gigantesca. El gigante fácilmente superaba los tres metros con su actual estatura.
—¡Diablos, diablos! — exclamó Tania mientras sacaba sus garras de fuego.
—Uph-arimat Eshar— gritó la diosa púnica y se arrojó hacia el gigante, pero sus ataques no inmutaban siquiera al comandante de Loki.
El gigante tomó con su mano uno de los brazos de Tania, y en seguida la azotó al suelo haciendo un gigantesco cráter; mientras que la diosa de cabellos de fuego vomitaba sangre del ataque.
Cuando intentó hacerlo de nuevo, Ana apareció detrás de Surtr, e intentó clavar su espada a su cuello, pero éste, sin siquiera voltear a verla, tomó a Tania y la azotó hacia el cuerpo de Ana.
Las dos diosas salieron disparadas hacia la pared dimensional y chocaron con ella; ambas vomitando sangre. El gigante, entonces, con un movimiento de su gran espada, lanzó un enorme rayo de fuego que estalló en el cuerpo de ambas diosas. Piedras se levantaron y humo impedía ver lo que sucedía.
¡Rodrigo ya no iba a tolerar eso!
Al disiparse el polvo, Ana se encontraba muy herida de quemaduras, pero de pie con los brazos levantados para proteger a Tania, quién había recibido el ataque de lleno para defender a su amiga. Quemaduras y llagas cubrían su cuerpo, pero ella sonreía.
—Necesitarás… más … que eso… para… matarnos… bastardo— dijo Ana mientras respiraba de manera muy difícil.
Tania sujetó a Ana de su pierna.
—No, déjame esto a mí. Si he de morir, lo haré aquí— dijo la diosa de fuego mientras se reincorporaba.
—Moriremos juntas— dijo Ana, mientras hacía aparecer su espada nuevamente.
El gigante entonces empezó a reír.
—Qué bonita hermandad tienen ustedes dos— dijo y entonces levantó su espada al cielo.
—Bien, irán juntas a Hel ambas, como lo desean—
La espada empezó a brillar de un rojo carmesí que cegaba a la vista.
—Eldr geisl[3]— gritó el gigante.
Ana gritaba al mismo tiempo: —Crág Dubán— e hizo aparecer un escudo en su brazo.
Pero justo antes de poder lanzar el ataque, Rodrigo apareció detrás de Surtr, y con todas sus fuerzas, pateó al gigante, mandándolo a volar.
—¡No, Rui!, ¡vete de aquí con Epona!— gritó Ana.
—¡Jamás!— dijo Rodrigo. —¡Lucharé por ustedes!—
—¡Vete, estúpido! ¡Ese ataque no debió haberle afectado!— gritó nuevamente Tania.
Rodrigo, entonces, elevó su poder al máximo generando varios terremotos, levantando piedras y creando rayos eléctricos a su alrededor.
—Raios de luz[4]— gritó Rodrigo y muchas esferas de energía blanca azulada se crearon en su mano, y las disparó a toda potencia al cuerpo del gigante.
Explosiones blancas surgían por cada choque de dichas esferas mientras que la tierra se desquebrajaba y se desgarraba. Rodrigo seguía disparando dichos ataques como si se tratase de una ballesta automática.
Finalmente, su manná se agotó y cayó rendido al suelo.
Cuando se disipó el humo de las explosiones, un enorme cráter quedaba provocado por el ataque de Rodrigo, pero el gigante ya no estaba ahí.
En ese momento, Rodrigo sintió como todos sus huesos se rompían. El gigante había aparecido justo delante de él, y con una patada fortísima, lo había arrojado varios metros. El joven no podía mover ni sus brazos ni sus piernas, esa patada había agotado su icor. Su mente recordó la lección de Ana cuando con un dedo lo había dejado incapacitado.
Rodrigo había entrenado con Ana por dos meses y su icor había aumentado de manera considerable, pero aún no estaba a la altura de una pelea de esta índole.
El gigante mostraba moretones en su cuerpo.
—Joder, niño. ¡Ese ataque si me dolió!— gritó mientras desenvainaba su espada para matar a Rodrigo, pero en ese momento, Ana, usando su escudo, detuvo el ataque de Surtr.
—¡Yo te defenderé, Rui! — gritó Ana mientras que, al mismo tiempo justo detrás del gigante, Tania estaba de pie y ponía sus brazos en vertical hacia el cielo uniendo sus manos.
—Galad esh maat [5]— gritó la diosa de fuego y en sus puños se hizo una esfera ígnea, la cual arrojó hacia al gigante.
Éste, dándose la vuelta, usó su espada para desviar el ataque de la diosa con dificultad. La esfera de fuego viró y estalló en una montaña creando una gigantesca explosión.
—¿No te dijo tu madre que jamás debes darle la espalda a un enemigo?— gritó Ana mientras desenvainaba su espada y gritaba: —Beanna pollta—
La diosa clavó al gigante con su espada mientras que cuervos aparecían detrás de ella. Como si se tratase de una flecha, la diosa viajó con el cuerpo del gigante en su espada y lo arrojó hacia una montaña, la cual destruyó.
Tania y Ana se encontraron y chocaron sus puños en símbolo de hermandad.
El gigante salió furioso de entre los escombros.
—¡Malditas perras! ¡Las mataré!— gritó.
—¿Lista para el ataque final, Ana?— preguntó Tania a la diosa pecosa.
—¡Por supuesto, amiga!— dijo Ana preparando su posición de combate.
El gigante se arrojó de lleno a las diosas, quienes trataron de atacarlo al mismo tiempo, pero éste detuvo sus ataques con su espada de fuego, arrojando a ambas.
Sin embargo, Ana logró revirarse en el aire y arrojarse a Surtr para intentar clavar nuevamente su espada en el cuerpo del comandante de Loki. Pero el gigante la atrapó antes de ello por el cuello.
Rápidamente, el gigante la arrojó al suelo aplastándola con su mano. Rodrigo estaba furioso, pero solo podía mirar.
Ana gritaba de dolor, mientras el gigante la pisoteaba repetidamente. Tania intentó salvar a la diosa pecosa, pero un corte de la espada de fuego de Surtr separó a la diosa de fuego de su brazo derecho.
Tania cayó al suelo de cabeza, vomitando sangre. Su brazo no se unía a ella, por lo que se dio cuenta que su icor estaba a punto de agotarse.
—Esto se acabó para ustedes— dijo el gigante mientras volvía a cargar su espada con sus dos manos hacia el cielo.
—Eldr geisl— gritó Surtr, y lanzó un haz de luz rojo hacia las dos diosas.
Una sorda explosión reventó en el cuerpo de ellas. Tras disiparse el humo, ambas diosas yacían inconscientes en un enorme cráter.
Ana, recuperando la conciencia, intentó levantar su brazo, pero el gigante se dio cuenta y la tomó de dicha extremidad y la arrojó cerca de donde estaba Rodrigo.
—A ti te mataré junto a ese chico— dijo Surtr riendo.
Pero Ana, arrastrándose, se puso sobre el cuerpo de Rodrigo.
—Yo… Rui… protegeré…— decía la diosa escupiendo sangre y con su mirada borrosa.
—No, Ana. Por favor, no— gritó Rodrigo.
—Rui… soy tu maestra… y mi deber es… protegerte— dijo la diosa dibujando una sonrisa en su ensangrentado rostro.
El gigante, entonces, volvió a pisotear a ambos, mientras que Ana vomitaba sangre.
Rodrigo, entonces, se sentía desesperado al ver el rostro desfigurado de Ana, y cada vez sentía como perdía su conciencia.
Harto, el gigante levantó su espada para clavar a ambos.
—Irán juntos unidos a Hel— dijo mientras sus ojos azules mostraban gozo y placer en el sufrimiento y la muerte de ambos.
Antes de perder la conciencia totalmente, Rodrigo gritó: —¡Atenea, por favor ayúdanos!—
En ese momento, una lanza se clavó entre donde se encontraban Rodrigo y Ana, y el gigante. Surtr había evadido dicho ataque con dificultad.
—¿Quién está aquí? ¡Muéstrate!— gritó el comandante de Loki mientras miraba a todos lados.
En eso, en la parte superior de una montaña, se encontraba Atenea con la mano alzada, con la posición de haber lanzado dicha lanza.
—Vaya, nunca esperé que fueras tú quien pidiera mi ayuda, muchacho. Bueno, creo que es hora de comenzar— dijo la diosa con una sonrisa maquiavélica.
[1] —Visión de caballo— en gaélico.
[2] Más que una diosa, era un título de tres diosas de la guerra que eran hermanas. Dicha trinidad era conocida bajo ese nombre.
[3] —Rayo de fuego— en noruego.
[4] —Rayos de luz— en gallego.
[5] —Esfera de Fuego no. 100— en fenicio.
